El deseo de conservar los objetos del pasado y preservar aquellos bienes considerados valiosos no es un fenómeno reciente. Desde la Antigüedad existe una preocupación por mantener la integridad de las obras artísticas, aunque el concepto de conservación y restauración ha ido transformándose a lo largo de la historia.
Ya en la época clásica encontramos testimonios del interés por preservar las obras de arte. En la antigua Grecia, donde las pinturas y esculturas cumplían principalmente una función estética, religiosa o decorativa, algunas obras fueron objeto de cuidados y reparaciones para mantener su presencia y valor. El primer restaurador del que se tiene constancia escrita fue Pausias, artista griego del siglo IV a. C., a quien se atribuye la restauración de pinturas realizadas por el célebre pintor Polignoto.

El valor de las obras del pasado
Los objetos nos evocan el pasado, los conservamos en el presente y los transmitimos a las generaciones venideras. El objeto pervive a las personas y se convierte en un valor en sí mismo, ya sea por su propio valor monetario, simbólico o sentimental. Las personas tienden a conservar objetos de sus antepasados, familiares, amigos…, por lo que evocan y lo que significan y también legan objetos personales a sus descendientes o los regalan a sus seres queridos. La relación persona-objeto se convierte, entonces, en algo inseparable.
Los objetos pueden tener un valor patrimonial-artístico, simbólico-espiritual, o bien ser meros recuerdos, lo cual a los ojos de quien los posee, no desmerece su importancia. De generación en generación el patrimonio eclesiástico y el patrimonio de los museos pasa a las futuras sociedades. Pero, a nivel particular, ¿ quién no ha heredado o ha sido obsequiado con joyas de la abuela (aunque carezcan de valor), cuadros y muebles de nuestros padres, libros de algún pariente u otros objetos especiales por parte nuestros amigos más queridos? En todos los casos, estos objetos pasan a formar parte de nuestro entorno, evocando la persona o personas que los tuvieron antes que nosotros, y en alguna ocasión incluso momentos de su vida. Por este motivo tenemos el afán de conservarlos para que sigan con nosotros, y si es el caso, legarlos para el futuro.
Los objetos del pasado forman parte de nuestra vida cotidiana ya que la mayoría de ellos están presentes en los museos, iglesias, colecciones particulares, nuestro entorno inmediato, nuestro hogar,… Su valor es innegable.